Continuidad o alternancia/ En la opinión de Diego Guerrero

Por Diego Guerrero
 
El voto es la expresión más conocida del ejercicio democrático, y este 2018, el primero de julio para ser preciso, los mexicanos podremos, por lo menos a través del sufragio, participar en la construcción del país democrático que todos queremos.
 
Ese domingo, los mexicanos tendremos la oportunidad (me gustaría decir obligación) de elegir a quienes encabezarán poco más de 3 mil 400 cargos a nivel local y federal. Y lógicamente la votación que acapara todos los reflectores es la que se hará para Presidente de la República.
 
Las cartas ya están sobre la mesa. Tercera, tercera llamada, señores. Ya arrancó el circo, la maroma y las campañas… perdón, precampañas; aunque la pugna interna en los partidos yo no la he visto por ningún lado.
 
El primero de julio habrá de dos sopas: la continuidad, encarnada por el PRI y José Antonio Meade, o la alternancia, cuya bandera enarbolan la coalición Por México al Frente, con Ricardo Anaya, y el sorpresivo candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador. ¡Ja!
 
Ahí es donde se pone interesante la cosa: de bote pronto, ninguna de las sopas se antoja. El discurso de "Pepe" Meade, como le llaman sus correligionarios, es como el de Peña Nieto en cada evento oficial que tiene (a lo mejor sigue pensando que es secretario de Estado); han apostado, él y su equipo de campaña, por mantener las cosas como están. Como si usted y yo estuviéramos realmente satisfechos con los logros en materia de seguridad o combate a la corrupción en este sexenio.
 
Una y otra vez se repitió una de las máximas de Peña Nieto: "Lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho". Esa concepción, a la cual pretende darle continuidad el PRI, me hace pensar en un cuento que leí hace poco: Cándido, de Voltaire, cuyo personaje principal, a pesar de todas sus desgracias, se empeña en creer la filosofía de su maestro Panglós de que vive "en el mejor de los mundos". La visión panglosiana del tricolor, caracterizada por un optimismo infundado e ingenuo, me causa malestar.
 
La histórica alternancia llegó en el 2000. El PAN, de la mano de Vicente Fox, llegó a Los Pinos. Y vaya que el proceso electoral y la transición misma fueron un portento de ejercicio político-electoral. Cambió el partido en el gobierno, cambió el discurso; cambiaron los colores, las formas, los rostros, los nombres. Y en 2006, de nuevo el PAN. Felipe Calderón le arrebató la Banda Presidencial a López Obrador. Ese sexenio de Calderón siempre será recordado -y no lo digo yo- como el de la guerra contra el narco; de la población asediada por las balas de criminales y Fuerzas Armadas, del fuego cruzado entre propios y extraños.
 
El PRI, el partido más antiguo de México, se tomó un receso de 12 años. Volvió a Los Pinos en 2012, y López Obrador… bueno, López Obrador perdió de nuevo.
 
2018 luce como un terreno muy fértil para Morena. Andrés se siente imbatible, incuestionable y con el plumaje íntegro, y así lo transmite. Su discurso no ha cambiado en estos 12 años de campaña. Hasta ahora, el camino hacia la Presidencia se ve planito para él. Hay un solo actor político que podría arruinarlo todo y mandarlo a La Chingada… una quinta en Palenque, Chiapas (aunque ya lo había anunciado antes de perder en 2012). Ese actor político nació en Tabasco el 13 de noviembre de 1953, y se llama Andrés Manuel López Obrador.
 
Diego Guerrero es licenciado en Comunicación y Periodismo por la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Mexicano de 22 años. Apasionado por la política y el ejercicio democrático a través del periodismo. Ha desempeñado toda su trayectoria profesional en Grupo Imagen. Twitter: GO_DIEGOH
 
Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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