“Mamá y Papá”: humor sangriento / En la opinión de Luciano Campos

Por Luciano Campos/ Apro

 

En un apacible suburbio, parecido a un paraíso comunitario, un extraño síndrome surge entre los padres de familia que, inesperadamente, desean actuar con violencia letal sobre sus hijos. El director y guionista Brian Taylor no da detalles sobre las causas de la fiebre homicida que cunde entre los papás. El poblado se vuelve un caos, y parece que no hay escapatoria.

 

En esta bizarra estampa, en la que se muestran un cúmulo de familias ejemplares, trastocadas por el horror y la furia, un grupo de jóvenes busca ponerse a salvo.

 

Mamá y papá (Mom and dad, 2018), corta en duración y con escenas tumultuosas, es una especie de paranoia zombie, muy similar a muchas otras, pero con un humor singular, concentrado en una pareja, Brent y Kendall (Nicolas Cage y Selma Blair), que conducen una familia disfuncional que también hace sus propios esfuerzos por alcanzar la sobrevivencia.

 

Es evidente el esfuerzo que hace el guión por contrastar una existencia confortable, aburrida y normal, con el síndrome que aqueja a todos los adultos, convirtiéndolos en máquinas asesinas. Se aprecia una singular locura en esa comunidad, donde los jóvenes, espiritualmente alejados de sus papás, parecen extraviados en sus teléfonos inteligentes, las drogas y la búsqueda de placeres instantáneos para llenar el vacío de sus vidas.

 

Paradójicamente, es el surgimiento del síndrome mortal lo que mueve a los chicos a asumir la responsabilidad de buscar una solución y a entender que, si no se cuidan, los viejos ya no lo harán.

 

La enfermedad, de alguna manera, materializa los deseos inconscientes de los papás hacia sus hijos. La neurosis que se manifiesta con una paternidad débil, que no puede encausar el comportamiento explosivo de los hijos adolescentes en brama, brota como un acto reflejo para reprimir, con severidad extrema, a los chicos que observan un comportamiento licencioso frente a sus mayores.

 

La comedia parece salirse de control cuando, cerca del final, aparecen unos insólitos personajes, que revitalizan la propuesta, aportándole un interesante giro, más retorcido y sanguinario, hasta llegar a un remate que invita a no tomar, aquí, nada en serio.

 

Nicolás Cage, el campeón de los papeles de insano, es terriblemente desperdiciado en esta película. Extraña, de inicio, que sea el padre de un niño tan pequeño y resulta evidente que el tinte del cabello busca disimular su envejecimiento. Por ello, la iluminación lo muestra permanentemente en planos oscuros, en los que no se puede apreciar, en toda su dimensión, el rango infinito de expresiones que exhibe, cuando improvisa gesticulaciones y actitudes de loco. Sus mejores momentos, cuando payasea en modo violento y con la conciencia extraviada, se pierden entre las sombras.

 

Papá y mamá parece un ejercicio cinematográfico de corte independiente, hecho para festivales. Aunque es respaldada por nombres importantes, es superficial, y se queda corta si pretende entregar un discurso de crítica social sobre las distancias, cada vez mayores, que separan a los integrantes de una familia.

 

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Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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